BYRON

27 ago

Byron,   26.12.2003 – 26.08.2012

Byron era gruñón, consagraba toda su energía a tratar de morderte o a marcar con orines cualquier superficie a su alcance y en vez de lucir la típica melena sedosa de los yorkshires generaba una especie de masas compactas de pelo que no siempre olían bien.

Eso era Byron para el mundo.

Para mí era Byroncito, mi perro, con sus gustos, sus manías, sus momentos de gracia y simpatía y sus destellos de inteligencia. A veces le preguntaba bromeando qué tenía en su pequeño cerebro, que, imagino,  no podía ser mayor que una ciruela pasa. Era mi perro y he compartido con él casi nueve años de mi vida. Era mi perro y yo sabía que no duraría mucho, que estaba muy enfermo. A veces, durante una de sus crisis sentía el deseo de que dejase de sufrir de una vez y dado que sus dolencias eran incurables, sólo quedaba la muerte como opción. Pero luego la crisis pasaba y él volvía a sentarse en mi regazo durante el desayuno para compartir mis tostadas, traía su pelota para jugar conmigo o se quedaba dormido panza arriba mientras yo le acariciaba la tripa… y yo volvía a creer que nuestra historia de amor sería para siempre.

Byron llegó a mi vida poco después de que me emancipase de modo que nunca llegué a tener la sensación de vivir sola. Nunca llegué a casa y me la encontré vacía. Ni una sola vez, sin excepción,  me faltó una calurosa bienvenida nada más abrir la puerta. Y ahora ya no está. Ayer murió. No disfrutaré nunca más de su compañía y no dejo de pensar y sentir que a pesar de su carácter complicado y de que no levantase más de un palmo del suelo fue un gran perro.

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